El pasado 19 de mayo sujetos armados asesinaron a un niño de tres años de edad en el interior de un templo en Fresnillo.

 


El 20 de junio en Cerocahui, municipio de Urique, en la sierra Tarahumara de Chihuahua, fueron asesinados en el templo los misioneros jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín Cesar Mora Salazar de 79 y 81 años de edad, respectivamente; de paso también ultimaron al guía de turistas Fernando Palma; los cadáveres fueron sustraídos en una camioneta por los sicarios.

 


Tres días después el Obispo de Zacatecas Sigifredo Noriega Barceló se dirigía al municipio de Huejuquilla, Jalisco y fue interceptado por civiles fuertemente armados que controlaban el paso de automovilistas. Antier el Cardenal de Guadalajara Francisco Robles Ortega, denunció que él también fue detenido en la misma zona, pero no por uno, sino por dos retenes del crimen organizado.

 


El Obispo de Cuernavaca Ramón Castro Castro, Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, dijo que van 27 sacerdotes ejecutados, criticó la impunidad que impera en el país y pidió al gobierno revisar su estrategia de seguridad porque “los abrazos ya no alcanzan para cubrir los balazos”.

 


Estos acontecimientos obviamente rebasaron nuestras fronteras, desde el Vaticano el Papa Francisco, que también es jesuita, expresó su dolor y tristeza y con signos de admiración escribió ¡Cuántos asesinatos en México!.

La respuesta del Presidente fue muy distinta a la de Salinas de Gortari cuando en 1994 el narco asesinó en el aeropuerto de Guadalajara al Cardenal Posadas Ocampo; López Obrador reclamó que los religiosos en el pasado reciente no dijeron nada cuando ajusticiaban a personas en caliente, cuando crecieron las masacres y los índices de letalidad, se les olvida –dijo- porque “están muy apergollados por la oligarquía mexicana”.

 


La respuesta presidencial me parece francamente desafortunada, pero no me sorprende, en el 2006 la excelente relación de AMLO con el Cardenal Norberto Rivera también se descompuso, no son pocos los que aseguran que los votos que ese año le faltaron para ganarle a Calderón son los que perdió por ese desencuentro con el clero.

 


Polarizar con la oposición ha sido una estrategia electoral muy eficaz del presidente, pero con los sacerdotes se teje distinto; la guerra de independencia la iniciaron dos curas, Hidalgo y Morelos; en la guerra de reforma también la iglesia fue un factor central; no se diga en las guerras cristera y zapatista, ¡que necesidad abrir ese frente!


 
 

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