Los frijoles no son una cura contra el cáncer colorrectal, pero su consumo habitual puede contribuir a reducir factores vinculados con esa enfermedad
Por: Gisell Yazmin Pinzon Roldan

 
Los frijoles alimentan bacterias protectoras del colon cuando se incorporan de forma habitual a la dieta. Las legumbres aportan fibra, almidón resistente y oligosacáridos que la microbiota fermenta para producir compuestos como el butirato.

Consumirlas entre tres y cinco veces por semana puede favorecer ese proceso porque ofrece a las bacterias intestinales un suministro repetido de nutrientes.

Los frijoles, las lentejas, los garbanzos, las habas y la soja no previenen por sí solos el cáncer colorrectal. Los estudios disponibles indican que pueden formar parte de un patrón alimentario que reduce factores vinculados con pólipos, inflamación y alteraciones de la barrera intestinal, sobre todo cuando sustituyen alimentos procesados o carnes procesadas.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) identifica a las legumbres como alimentos ricos en proteína vegetal, fibra, folato, hierro, magnesio y potasio. Su composición explica buena parte de su relación con la salud digestiva.

La FAO destaca la fibra y el almidón resistente de los pulsos
Las legumbres contienen fibras solubles e insolubles que resisten la digestión en el intestino delgado y llegan al colon. Allí se convierten en alimento para microorganismos especializados en fermentar carbohidratos complejos.

La fracción insoluble aumenta el volumen de las heces y puede acelerar el tránsito intestinal. La soluble, junto con el almidón resistente, participa de forma más directa en la fermentación bacteriana.

El resultado de ese proceso incluye la producción de ácidos grasos de cadena corta: acetato, propionato y butirato. Estos metabolitos actúan sobre el epitelio intestinal, el sistema inmunitario local y el entorno químico del colon.

El almidón resistente tiene una presencia destacada en frijoles, garbanzos y lentejas. Una parte de este carbohidrato permanece disponible para la microbiota incluso después de la cocción, y también puede aumentar tras enfriar los alimentos cocidos.

Los trabajos sobre fermentación intestinal indican que la cocción convencional o a presión no elimina la capacidad prebiótica de las legumbres. Los pulsos cocidos mantienen fibras fermentables capaces de generar ácidos grasos de cadena corta.

Faecalibacterium prausnitzii y Roseburia producen butirato en el colon
El butirato es uno de los principales productos de la fermentación de fibras y almidones resistentes. Los colonocitos, las células que recubren el intestino grueso, lo utilizan como fuente de energía.

Este compuesto también puede reforzar las uniones entre las células del epitelio y estimular genes vinculados con la producción de mucina.

La mucina forma parte de la capa de moco que separa a la microbiota de la pared intestinal.

Las investigaciones citadas en el material original relacionan el consumo regular de legumbres con una mayor presencia de bacterias como Faecalibacterium prausnitzii, Bifidobacterium, Roseburia, Eubacterium y Akkermansia muciniphila.

 


Faecalibacterium prausnitzii se considera una especie relevante por su capacidad de producir butirato y por su asociación con menor inflamación intestinal.

Su presencia suele ser más baja en personas con enfermedad inflamatoria intestinal activa.

Los géneros Roseburia y Eubacterium también incluyen especies que producen butirato. Estas bacterias aprovechan productos intermedios de la fermentación y contribuyen a sostener una red metabólica favorable en el colon.

Las bifidobacterias, por su parte, utilizan oligosacáridos presentes en los frijoles y otras legumbres.

Entre ellos se encuentran la rafinosa y la estaquiosa, que también explican parte de los gases que algunas personas experimentan al aumentar su consumo.

La IARC y el WCRF/AICR vinculan la fibra con menor riesgo colorrectal
El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) y el Fondo Mundial para la Investigación del Cáncer y el Instituto Americano para la Investigación del Cáncer (WCRF/AICR) destacan el papel de los alimentos ricos en fibra dentro de la prevención del cáncer colorrectal.

Las legumbres se ubican en ese grupo junto con los cereales integrales, las frutas, las verduras y los frutos secos. La fibra puede diluir sustancias potencialmente dañinas en el colon y acortar el tiempo de contacto con la mucosa.

El WCRF/AICR considera probable que una mayor ingesta de fibra se asocie con menor riesgo de cáncer colorrectal.

La misma entidad clasifica como convincente la relación entre el consumo de carne procesada y un mayor riesgo de esa enfermedad.

Un metaanálisis de 2014 que reunió 14 estudios de cohorte prospectivos, con más de 1,9 millones de participantes, observó una asociación entre mayor ingesta de legumbres y menor riesgo de cáncer colorrectal.

La reducción global fue de aproximadamente 9% al comparar los grupos de mayor y menor consumo.

Esa asociación fue modesta y no permite atribuir a las legumbres una protección absoluta.

Los resultados dietéticos reflejan la influencia combinada del peso corporal, la actividad física, los antecedentes familiares, el tabaco, el alcohol y el resto de la alimentación.

El Adventist Health Study relacionó tres porciones semanales con menos pólipos
Los pólipos colorrectales, sobre todo los adenomas, pueden convertirse en lesiones precursoras de cáncer si no se detectan y extirpan.

Por ese motivo, las investigaciones sobre pólipos permiten observar etapas tempranas de la enfermedad.

El Adventist Health Study analizó datos de 2.818 personas que habían realizado una colonoscopia.

La investigación relacionó el consumo de legumbres al menos tres veces por semana con una reducción del 33% en el riesgo de pólipos frente a una frecuencia menor.

El análisis ajustó los resultados por edad, sexo, índice de masa corporal, educación y consumo de carne. También describió una relación dosis-respuesta: las frecuencias más altas se asociaron con menor riesgo.

Los investigadores no plantearon que los frijoles actúen de forma aislada.

El consumo de arroz integral, verduras verdes cocidas y frutas secas también se vinculó con menor presencia de pólipos, lo que refuerza el valor de una dieta rica en alimentos vegetales.

La sustitución de algunas comidas con carne roja o procesada por platos de lentejas, frijoles o garbanzos puede sumar dos efectos: aumenta la llegada de fibra fermentable al colon y reduce la exposición a componentes asociados con mayor riesgo colorrectal.

Tres a cinco veces por semana favorecen la adaptación de la microbiota
La microbiota intestinal cambia con rapidez ante las variaciones de la dieta, aunque los efectos más estables requieren repetición.

Una comida aislada con frijoles puede generar fermentación, pero no necesariamente modifica de forma sostenida el ecosistema intestinal.

La frecuencia de tres a cinco veces por semana surge de estudios sobre pólipos, recomendaciones nutricionales y trabajos que describen la adaptación bacteriana a la fibra.

La regularidad proporciona un flujo sostenido de sustratos para las bacterias fermentadoras.

El aumento gradual es útil para quienes no consumen legumbres con frecuencia. Las molestias iniciales, como gases o distensión abdominal, se relacionan con la fermentación de oligosacáridos y almidones resistentes.

Con una ingesta habitual, la microbiota puede adaptarse y mejorar la tolerancia digestiva. Remojar los frijoles, desechar el agua de remojo y comenzar con porciones moderadas también puede ayudar a algunas personas.

Las personas con síndrome de intestino irritable, enfermedad inflamatoria intestinal activa, cirugías digestivas previas o síntomas persistentes requieren una recomendación individualizada.

En esos casos, el tipo de legumbre y la cantidad deben ajustarse con orientación profesional.

Los frijoles y otras legumbres aportan un mecanismo dietético concreto para favorecer bacterias que producen butirato, fortalecer la barrera intestinal y reducir la inflamación.

Su mayor beneficio aparece cuando forman parte constante de una alimentación basada en vegetales, fibra y alimentos poco procesados.