Cuentan algunas historias del cine que el 6 de octubre de 1889, Edison estaba de regreso a su casa en West Orange (Nueva Jersey), tras regresar de un viaje por Europa, cuando, al abrir y entrar en una dependencia de su taller-laboratorio se encontró con una tremenda sorpresa. Dicen que proyectada sobre una pequeña pantalla blanca se le apareció la imagen centelleante de uno de sus colaboradores, el inglés William K. Laurie Dickson, quién en levita y con un gesto cortés le saludaba agarrando su sombrero de copa, y todo ello mientras brotaba en la sala una voz nasal y metalizada, que decía: «Buenos días, señor Edison. Estoy contento de verle de regreso. Espero que esté satisfecho del Kinefonógrafo».

No sabemos en realidad si este hecho es cierto o no, ya que quienes hicieron circular este episodio fueron ciertos historiadores sospechosos de ser partidarios de Edison, pero, de ser cierto, el cine sonoro habría nacido antes que el cine a secas. Y ello, de ser cierto, gracias al Mago de Menlo Park.

Thomas Alva Edison fue todo un gran genio prolífero, pero también un negociante con pocos escrúpulos. En definitiva, una figura legendaria creada por aquellas convulsiones nacidas de la revolución científica e industrial de nuestra era. En 1878 había patentado el fonógrafo y luego, con ayuda de su compañero Dickson, había intentado combinar ese invento con la cronofotografía, en balbuciente anticipación de lo que cuarenta años más tarde se convertiría en el cine sonoro.

La vasta curiosidad científica de Edison le había llevado a conseguir la impresión de fotografías animadas sobre película de celuloide perforada, fabricada por George Eastman. Todas estas experiencias en estos terrenos novedosos le hacen partir legítimamente, junto a los hermanos Lumière, en la discutida y colectiva paternidad del cinematógrafo.

Continúa en la parte II.