- La estrella pop española atraviesa el segmento estadounidense de su gira ‘Lux’, con un espectáculo articulado en cuatro actos que vinculan tradición y vanguardia
Por: Margaret Fuhrer
Cuando las zapatillas de punta aparecen en la cultura popular, los bailarines suelen estremecerse. Las zapatillas de punta, el calzado emblemático del ballet, suelen hechizar a los editores de moda, ejecutivos de publicidad y músicos pop. Los ajenos al mundo de la danza suelen estar ansiosos por usarlas como una abreviatura de cierto tipo de feminidad delicada.
Pero una zapatilla de punta no es (solo) un símbolo; es una herramienta artística. Bailar en puntas de forma correcta requiere años de entrenamiento intensivo. Es esencialmente imposible de fingir. Para los bailarines, un trabajo en puntas deficiente puede ser doloroso de ver; no solo representa una afrenta estética, sino una ofensa a la rigurosidad de su oficio.
Por eso, cuando la cantante Rosalía abrió un concierto en el Madison Square Garden de su gira Lux vestida de bailarina —de pie, recatadamente, sobre una plataforma, con un enorme tutú al estilo Degas y, sí, zapatillas de punta— contuve la respiración.
Y entonces, cuando comenzó a moverse, pude exhalar aliviada.
Nadie confundiría a Rosalía con una bailarina profesional de ballet. Sin embargo, en el espectáculo Lux, se acerca al ballet con lo que parece ser un interés genuino y reverencia. Mientras cantaba la penetrante “Porcelana” en el Garden, entró en un aseado arabesco en pareja sobre puntas, con su pie de apoyo arqueado de manera impresionante. Unos momentos más tarde, mientras avanzaba hacia el fondo del escenario con un bourré, dando diminutos pasos sobre la punta de los dedos de los pies, sus brazos eran convincentemente como los de un cisne: fluidos pero articulados a través de las muñecas y los dedos. El ballet no es una pose; es un idioma, y Rosalía claramente ha estado estudiándolo.
Una mezcla similar de curiosidad y devoción impulsa su álbum Lux. Rosalía, quien comenzó en el flamenco, ha construido una carrera pop en torno a yuxtaposiciones estilísticas inesperadas. En su nuevo disco, incorpora elementos de ópera y canta en 13 lenguas distintas. En la gira Lux, presenta el ballet clásico como análogo físico de la ópera clásica. Su baile es balético de la misma manera que su música es operística: la técnica quizás no es perfecta, pero la intención es buena.
Quizás por eso Misty Copeland publicó el emoji de “mente explotada” tras asistir al concierto en el Madison Square Garden, o por lo que la estrella del New York City Ballet, Tiler Peck, ha comentado favorablemente las fotos baletísticas de Rosalía en Instagram. Cuando la gira hizo parada en Houston el 23 de junio, ella invitó al escenario al primer bailarín del Houston Ballet, Harper Watters, para un cameo. “Eres una bailarina de ballet tan hermosa”, le dijo Watters. “Muchas gracias por mostrar nuestro arte tan bellamente y tratarlo con tanto cuidado”.
El trío coreográfico (La)Horde, que ayudó a crear el movimiento de la gira Lux, dijo que las secuencias de ballet del espectáculo fueron idea de Rosalía. (Hablé con Marine Brutti, pero el colectivo —que también incluye a Jonathan Debrouwer y Arthur Harel— habla como uno solo.) Aunque los miembros de (La)Horde son los directores del Ballet National de Marsella, “no sé si alguna vez le hubiésemos aconsejado ir por ahí”, dijeron. “Ella tenía la visión de empezar el espectáculo como bailarina, y confiamos en ella. Éramos como los asistentes del mago”.
Parte de la magia de la gira es cómo fusiona naturalmente el ballet con otros estilos de danza. El equipo de coreografía está dirigido por (La)Horde y Charm La’Donna, la fuerza creativa detrás de las actuaciones del Super Bowl de Bad Bunny y Kendrick Lamar. Dimitris Papaioannou, el coreógrafo griego conocido por sus intrigantes ilusiones visuales, y el célebre bailaor José Maya también contribuyeron. “Ella quería ofrecer una experiencia que fuera museo-iglesia-club-teatro de danza”, dijo (La)Horde sobre Rosalía. “Todos estábamos respondiendo a la fluidez de su forma de pensar”.
La gira Lux se presenta, con gran teatralidad, en cuatro actos. Tras el clasicismo celestial de la apertura, la segunda sección comienza con un descenso a la grandiosidad oscura del sencillo principal del álbum, “Berghain”, llamado así por el famoso club de Berlín. Rosalía regresa al escenario habiendo cambiado las zapatillas de punta por botas negras, con dos plumas a modo de cuernos curvándose sobre su cabeza.
Las huellas de (La)Horde son más evidentes aquí. Fiel a su nombre, el colectivo adora desplegar una multitud desenfrenada. En la coreografía de “Berghain” —parte de la cual deriva de la actuación viral de Rosalía en los Brit Awards a principios de este año— un flujo primordial de cuerpos de bailarines sostiene a la cantante, pulsando en respuesta a cada uno de sus gestos. Cuerdas orquestales impulsan “Berghain”, pero la gira añade un remix electrónico estridente al final de la canción. Al concluir, la bailarina de caja de música se convierte en toda una clubber, convulsionando de manera extática bajo las luces estroboscópicas.
A pesar de su iconografía de cielo e infierno, el espectáculo no es solo épicos altibajos. También incorpora partes del álbum de 2022, Motomami, una colección de canciones audaces e irreverentes que abordan la fusión de estilos de forma más lúdica. Mientras interpretaba el éxito de reggaetón “Saoko”, Rosalía adoptó sin esfuerzo el modo de sirena pop, con la columna líquida mientras giraba desde el torso. La canción incluye un improbable interludio de jazz; igualmente improbable, ella hace twerking al ritmo, con la cámara acercándose a sus pantalones cortos fucsia.
Esa picardía también se extiende al terreno de Lux. La contribución de Papaioannou al espectáculo es la pieza “La Perla”, que convierte el vals de Lux —un adiós desenfadado a un examante— en un encantador espectáculo de trompe l’oeil. Contra un fondo negro, las manos enguantadas de blanco de los bailarines se convierten en falda, luego en halo, luego en velo de Rosalía, evocando por momentos a la Venus de Milo y por otros a Rita Hayworth. No sorprende que el número haya arrasado en TikTok.
Rosalía, que es de España, comenzó su carrera estudiando baile y música flamenca, formación que se percibe claramente en todo el espectáculo Lux. (Quizás eso explique esos impresionantes brazos de cisne, parientes lejanos de los movimientos expresivos de la parte superior del cuerpo flamenco.) En la canción de flamenco pop “De Madruga”, su zapateado percusivo y los giros filigranados de sus muñecas provocaron gritos de “¡olé!” entre el público. “La Rumba del Perdón”, el tema del disco que más se acerca al flamenco clásico, no es aquí un número de baile, pero cuando entra el aplauso rítmico, Rosalía no puede evitar chasquear los dedos y zapatear.
Ese entrenamiento flamenco también le otorga comodidad con su cuerpo, una base desde la cual probar otros estilos de danza. En ese esfuerzo la apoya el elenco del espectáculo: bailarines de gran trayectoria y versatilidad. Al bailar en puntas, Rosalía tiene como pareja a exintegrantes del Ballet National de Marsella y del Nederlands Dans Theater. Y cuando hace movimientos de winding y grinding, lo hace junto a veteranos de giras de estadios y videoclips de alto perfil. (A veces, son las mismas personas). “No se siente como un grupo de bailarines de respaldo”, dijo (La)Horde. “Se siente como una compañía de danza propia”.
El acto final de la gira Lux regresa al cielo y al ballet, aunque más que en la coreografía, lo hace a través de un collage de referencias visuales. Rosalía y los bailarines aparecen con alas blancas de plumas que los sitúan entre los cisnes de El lago de los cisnes y los ángeles de Victoria’s Secret. Al finalizar la canción “Focu ’Ranni”, la cantante ascendió una escalera al fondo del escenario y cayó hacia atrás, brazos con alas extendidos, hacia el olvido de la Reina Cisne. Podías imaginarla citando al personaje de Natalie Portman en Cisne negro al aterrizar: “Fue perfecto”.
En el mundo del ballet, una referencia a Cisne negro también puede causar vergüenza ajena. Pero aquí —con Rosalía descalza y exhausta, las alas ligeramente desordenadas por el esfuerzo— el momento se lee como un tributo al empeño.
Algunos artistas se sienten atraídos por la imposibilidad inherente del ballet. El esfuerzo de perseguir los ideales inalcanzables de la forma se convierte en su propia recompensa. Rosalía, la diligente estudiante de más de una docena de idiomas y casi tantos estilos de danza, parece igualmente atraída por las tareas imposibles. La gira Lux, con toda su ambición coreográfica, es una celebración de ese tipo de dificultad: de la virtuosidad no innata, sino ganada a base de sudor.