Ser docente nunca ha sido una tarea sencilla, pero en los últimos años el desafío se ha vuelto aún más complejo. Los profesores no solo tienen la responsabilidad de transmitir conocimientos, sino también de formar ciudadanos con valores, pensamiento crítico y sentido de responsabilidad. Sin embargo, cada vez es más frecuente que la exigencia académica sea confundida con autoritarismo o incluso con algún tipo de abuso.
Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez, donde muchos estudiantes buscan resultados rápidos con el menor esfuerzo posible. La baja tolerancia a la frustración dificulta la aceptación de límites, reglas y consecuencias, elementos indispensables para cualquier proceso educativo. Esta situación ha generado un ambiente en el que algunos docentes sienten temor de aplicar criterios de evaluación o disciplina por las posibles repercusiones.
Casos recientes, en los que acusaciones falsas han tenido consecuencias devastadoras para profesores, evidencian la necesidad de fortalecer los mecanismos de investigación y garantizar tanto la protección de las víctimas reales como el respeto al debido proceso. La educación no puede desarrollarse en un clima de desconfianza permanente.
Es momento de reflexionar sobre el papel que corresponde a cada integrante de la comunidad educativa. La formación académica requiere compromiso de estudiantes, familias, instituciones y docentes. Recuperar una cultura basada en el respeto mutuo, el esfuerzo y la responsabilidad permitirá que las aulas vuelvan a ser espacios donde aprender implique crecer, cuestionar, equivocarse y superarse. Solo así podremos construir una educación que responda a los desafíos del presente sin perder de vista su verdadera esencia.
Dra. Angélica Arroyo Álvarez