Comencemos por el principio. El cine le debe sus orígenes a la fotografía, cuyo progreso, buscando de preparados fotosensibles cada vezas rápidos, fue de la mano con el espectacular avance de la ciencia química. Pero no solo como técnica, claro, también la fotografía se perfeccionó como arte. Nadar, un gran fotógrafo de la época, ya intuyó el gran futuro que la fotografía podía dar de sí. De hecho, en 1881 dijo unas palabras que ya anticipaban lo que posteriormente llegaría: «Mi sueño es ver cómo la fotografía registra las actitudes y cambios de fisionomía de un orador a medida que el fotógrafo registra sus palabras». Gran intuición la suya.
Pero aún quedaba para llegar hasta el cine. Y para ello era necesario capturar el movimiento. Y en esas estaban para que la fotografía se convirtiera en cronofotografía, primero gracias al llamado revolver astronómico (1874) de Jansen, que utilizó para registrar el movimiento de los planetas, y después gracias a los trabajos del fisiólogo francés Ètienne-Jules Marey, que con su fusil fotografíco estudió primero el galope de los caballos, descompuesto en una serie de fotografías, y luego los movimientos de otros animales y del hombre. Este llamado rifle, cazador de imágenes, obtenía con el disparo de su gatillo series de doce fotografías sucesivas con exposición de 1/720 de segundo (cronofotografías) sobre un soporte circular que giraba, como el tambor de un revólver, ante el cañón-objetivo.
Y es entonces cuando llega la historia que quiero contar. Todos estos avances ópticos encontraron eco en California, suscitando apasionadas controversias, sobre todo en los clubes hípicos. La pregunta que algunos se hicieron fue «¿Era posible que un caballo al galope pudiera permanecer, aunque solo fuera un momento de nada, con un solo casco apoyado en el suelo? Ante tal pregunta un millonario quiso salir de dudas. Leland Stranford, un ex gobernador del estado y presidente de la Central Pacific, apostó con unos amigos 25.000 dólares pasa salir de dudas. Stranford contrató entoces al que se consideraba como el mejor fotógrafo de San Francisco, al inglés Eadweard Muybridge, para que mediante la fotografía, única prueba indiscutible, resolverse dicha disputa. Muybridge, que por entonces ya llevaba varios años experimentando diversas técnicas cronofotograficas, desplegó entonces todo su ingenio y consiguió poner a punto, tras cuatro años de pacientes pruebas y con un gasto no inferior a 40.000 dólares, un curioso sistema de cronofotografía. Verán, Muybridge instaló veinticuatro cámara de fotografía a lo largo de una pista de carreras de caballos; con su correspondiente operador cada una de estas cámaras, claro, y que cuidaban de la preparación de las placas sensibles de colodión húmedo de cierta vida. De ese modo, en su carrera, el caballo rompía los hilos, disparando sucesivamente una cámara tras otra y obteniendo así la impresión de cada fase de su movimiento...
Es decir, los trabajos de Muybridge, realizados entre 1878 y 1881, con su descomposición del galope de un caballo en veinticuatro fotografías, preludian el próximo nacimiento del cine en 1895 por los hermanos Lumière en Francia... Y por Edison en Estados Unidos. Sobre esto último ya hablaremos en otra ocasión.