Hay fechas que no se sienten en el calendario, sino en el pecho. El 25 de noviembre es una de ellas. Cada año llega como un recordatorio incómodo, necesario y profundo: México sigue siendo un país donde ser mujer implica un riesgo, donde la violencia no es un hecho aislado sino una herida estructural que atraviesa generaciones completas.

Y aunque una intenta prepararse, siempre hay algo que vuelve a cimbrar.

Mientras camino rumbo a la oficina, el color naranja aparece en camisetas, ilustraciones, listones en las muñecas, en los ojos de las compañeras que han decidido no guardar silencio. Pienso en lo paradójico: ese color vibrante, cálido, que representa un futuro libre de violencia… convive con las cifras que duelen, con las ausencias que pesan, con los nombres que siguen sin tener justicia.

A veces parece un contraste demasiado grande, como si el país estuviera sostenido por la tensión entre el dolor y la esperanza.

Pero el naranja también nos recuerda algo más: la unión. Esa fuerza colectiva que surge cuando las mujeres hablamos entre nosotras, cuando nos reconocemos en la mirada cansada de la otra, cuando compartimos historias que no tendrían por qué repetirse pero que siguen apareciendo en nuestras conversaciones, en nuestros trabajos, en nuestras familias.

Recuerdo una vez escuchar a una mujer decir que cada 25N es una promesa silenciosa entre nosotras: “no estamos solas, no nos vamos a soltar”.

Esa frase me acompaña hoy.

Porque sí, México duele. Duele cuando vemos los casos impunes, cuando acompañamos a una víctima en su proceso, cuando leemos un expediente que más que palabras parece un grito. Duele cuando la violencia se normaliza, cuando la sociedad cuestiona a las mujeres antes que a los agresores, cuando el Estado no llega, llega tarde o llega mal.

Pero también México conmueve. Conmueve cuando vemos a niñas marchando con sus mamás, a jóvenes tomando espacios públicos con firmeza, a servidoras y servidores públicos comprometidos de verdad intentando cambiar estructuras. Conmueve cuando vemos comunidades enteras decir “aquí cuidamos a nuestras mujeres”. Conmueve cuando la sororidad deja de ser discurso para convertirse en práctica cotidiana.

Este 25N, mientras pienso en todo lo que aún falta, también pienso en lo que ya no estamos dispuestas a permitir. En cómo hemos aprendido a nombrar, a denunciar, a acompañar, a organizarnos. En cómo el color naranja no es solo un símbolo: es un recordatorio de que otra realidad es posible, y de que cada día que luchamos por ella, la acercamos un poco más.

Y entonces, me permito cerrar con esperanza.

No una esperanza ingenua, sino una esperanza de lucha, de convicción, de claridad.

Porque cambiar sí es posible.

Porque el cambio empieza en nosotras, pero no termina ahí.

Porque un país que reconoce su dolor es un país que también puede transformarse.

Porque cada mujer que alza la voz abre camino a otra.

Porque cada acto de unión, por pequeño que parezca, sostiene un futuro distinto.

Y hoy quiero decirlo sin cifras, sin diagnósticos, sin porcentajes.

Todo noviembre he decidido escribir sobre la violencia contra las mujeres, pero hoy no escribo para evidenciar datos: hoy escribo desde el corazón, desde la esperanza, desde la profunda necesidad de creer que México puede ser un lugar seguro para todas.


 
 

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