Cada año que pasa aumenta la cantidad y variedad de recursos minerales que se extraen. Todas las tecnologías requieren grandes cantidades de materias primas, algunas de ellas muy escasas. En un planeta con recursos limitados, ¿habrá suficiente para satisfacer la demanda de la población mundial?
Para discutir el problema podemos comenzar sintetizando mucho la información que se puede encontrar en la literatura acerca de cuáles son exactamente estas dependencias. Para ello, podemos tomar por separado las tres tecnologías más relevantes para la transición energética en la actualidad: aerogeneradores, paneles fotovoltaicos (FV) y vehículos eléctricos/baterías. En el primer caso, muchos diseños de aerogeneradores (especialmente los de tracción directa) hacen uso de imanes permanentes para mejorar su eficiencia energética y económica: esta tecnología permite eliminar contactos entre rotor y estator, simplificando su diseño electromecánico y reduciendo sus pérdidas por rozamiento y costes de mantenimiento (esto último es especialmente importante en el caso de las turbinas offshore). Sin embargo, los imanes permanentes de última generación (eg., los de tipo NdFeB) requieren boro y varias tierras raras tales como el neodimio, el disprosio y el praseodimio. En el caso de los paneles FV, aparte de algunos materiales básicos como el boro o el silicio metálico, se hace un uso elevado de plata para realizar conexiones entre elementos que ocupan menos espacio y causan menos pérdidas debido a su baja resistividad.
Además, los módulos que utilizan tecnología de lámina delgada hacen uso de materiales escasos como el cadmio y el teluro en el caso de los paneles CdTe o indio, selenio y galio en el caso de las células CIGS. Por último, los vehículos eléctricos hacen un uso todavía más intensivo de materiales debido a sus dos elementos principales: el motor eléctrico tiene requerimientos similares a los de los aerogeneradores debido que también suele incluir imanes permanentes, mientras que las baterías eléctricas requieren materiales como el litio, cobalto, manganeso, níquel y grafito. Además, en los tres casos son necesarios otros materiales menos específicos de la tecnología renovable pero igualmente críticos. Un buen ejemplo de esto son varios elementos necesarios para obtener aleaciones de acero de altas prestaciones, que incluyen elementos tales como niobio, magnesio o níquel. Por último, la construcción de cualquiera de estos dispositivos requiere cantidades mucho mayores de metales no críticos como el hierro, el cobre o el aluminio para su cableado, estructura, etc. En este panorama, debemos realizar un análisis político distinto para el corto y el largo plazo.
A corto o medio plazo –entendiendo por esto al menos la próxima década- la transición va a seguir adelante, y definir qué debe ser y para qué debe servir va a ser sin duda una de las principales batallas políticas de este siglo. En ese sentido, incluso sin llegar al tremendismo de los “12 años para salvar el mundo”, la próxima década va a ser determinante y por eso la idea de que el fin del algún material escaso –sea este representado por las tierras raras o por elementos críticos para las baterías como el litio o el cobalto- va a detener en seco la transición energética tiene el peligro de llevarnos a renunciar a dar esta batalla crucial. En estos años preciosos debemos exigir que la transición no se limite a las reformas que convengan económicamente a los poderes económicos, sino que alcance la extraordinaria profundidad y amplitud requerida para alcanzar las reducciones de emisiones que nos marca el consenso científico, y también asegurarnos de que los recursos económicos necesarios para afrontar la transición – igualmente extraordinarios- proceden de una reducción de la desigualdad mediante esquemas fiscales progresivos, y no de recortes de servicios públicos y del empobrecimiento de las clases populares. Y, volviendo al tema de los minerales, debemos incorporar la problemática de los materiales críticos a ese discurso, con el objetivo de evitar que las necesidades materiales de la transición se conviertan en una nueva forma de explotación o requieran una degradación ambiental que lastre o incluso cancele los beneficios obtenidos con la descarbonización energética.
Mirando a nuestro entorno inmediato, la UE debería exigir el cumplimiento de criterios sociales y ambientales para la importación de materias primas y – ya que su principal fuerza económica reside hoy en su capacidad de consumo- especialmente de los productos fabricados con ellas, y buscar consensos internacionales para extender este tipo de criterios que aseguren las condiciones laborales de los mineros y eviten el crecimiento exponencial de las emisiones de la minería. Por otro lado, la posición de clara vulnerabilidad comercial que describen los informes de la CE debería entenderse como una oportunidad para reconstruir una política pública industrial a escala continental que permita la creación de empleo de calidad, reduzca la desigualdad estructural de la Unión y revierta, al menos en parte, la globalización total de la producción, con las emisiones que esta conlleva.
A largo plazo, sin embargo, el problema de los materiales es uno de los componentes clave del inmenso problema metabólico de fondo de nuestro modelo de civilización industrial. Problema que, de no tomar medidas drásticas, no se limitará a la transición energética y terminará imponiendo sus límites a toda nuestra actividad económica. En este contexto, hay que tomar con mucho cuidado las voces tecno-optimistas que nos dicen que la investigación y el libre mercado resolverán este problema por sí solas: si el familiar paradigma del unobtanio no describe adecuadamente la nueva realidad energética, la conclusión que debemos extraer de ello no es que no exista un problema con los límites materiales, sino que en realidad es mucho más profundo y complejo de lo que este nos permite entender, y debemos tomar las medidas –sociales, políticas, tecnológicas- necesarias para enfrentarlo. Por un lado, es necesario considerar este problema en toda su gravedad y comenzar a trabajar inmediatamente en medidas para enfrentarlo.
Este tipo de medidas van desde cuestiones de contabilidad macroeconómica, incluyendo parámetros de intensidad material y de uso de materiales secundarios en las estadísticas económicas y en los objetivos de transición, al impulso decidido de políticas de I+D encaminadas a mejorar la eficiencia material y la sustitución de los materiales más críticos. En ese sentido, será necesario desarrollar en pocas décadas una industria de recuperación material que abandone el actual concepto de reciclaje –principalmente entendido desde el plano conservacionista como un modo más responsable de gestionar los residuos que generamos- y vaya a un modelo que persiga realmente el cierre de los ciclos materiales del sistema productivo a través de la recuperación masiva de materiales críticos a partir de basura electrónica, vehículos viejos, tecnologías renovables obsoletas y otros residuos que hoy son simplemente abandonados o incinerados. De nuevo, el desarrollo de esta infraestructura debería verse como una oportunidad de inversión que daría como fruto gran cantidad de puestos de trabajo, reduciría las tensiones internacionales por los recursos (mejorando la balanza de pagos de regiones sin materias primas como la UE), y contribuiría a una relocalización de la producción. Por otro lado la recuperación de materiales nunca podrá ser total –Georgescu-Roegen hablaba incluso de un “cuarto principio de la termodinámica” en ese sentido- y a largo plazo estas medidas sólo nos servirán para ganar tiempo y suavizar el choque de nuestra economía en perpetuo crecimiento con los límites del sistema físico en el que está circunscrito, en este caso representados por las reservas minerales del planeta. De nuevo, no perder esto de vista no implica relativizar la importancia de las medidas anteriores –de hecho, podría argumentarse que a estas alturas el principal objetivo de la transición de modelo productivo es precisamente suavizar ese impacto por debajo del umbral de lo que nuestras sociedades avanzadas pueden tolerar sin descoyuntarse- sino tratar de anticiparse construyendo un imaginario de transición entendida también como transformación social, que vaya convirtiéndose, gradualmente y a medida que se materializa en las próximas décadas, en el horizonte político inmediato de capas cada vez más amplias de la sociedad.
«La Edad de Piedra llegó a su fin no por falta de piedras. Y la era del petróleo llegará a su fin no por falta de petróleo» – Sheikh Yamani, ex ministro de Petróleo de Arabia